Hoy desperté con una extraña sensación, el día estaba claro y al ver mi cara en el espejo, noté algo peculiar, que no noto con frecuencia: mis ojos estaban más claros que de costumbre.
Al ver eso, pensé para mi mismo: hoy va a pasar algo, para bien o para mal.
Salí a la vida con las mejores de las intenciones, pensando que era una buena señal.
El día comenzó genial, una bonita mañana, y un sol abrazador, pero a medida que transcurría el día todo se fue poniendo cada vez más y más oscuro, y empecé a temer.
Tenía miedo de lo que fuera a descubrir ese día, de que lo que fuera a encontrar, fuera algo que no quisiera saber.
Algo que no quisiera encontrar.
Algo que prefería ignorar.
Llego la noche, y al pensar que ya todo había pasado y que mis ojos me habían hecho una mala jugada llegaste tú.
Llegaste con esa máscara que te pones cada día, la máscara que muestras y presumes, la máscara con la que riges tu vida, y das vuelta al mundo.
Justo en ese momento, supe qué era lo que mis ojos me querían avisar, supe qué eso era lo que no quería descubrir, y lo que estaba evitando siempre.
Se te había caído la máscara.
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