Me acostumbré a la penumbra y a la soledad. No tenía nada.
Me quedé sentado a un lado de la acera, esperando a que llegue el final de mis días, tenía pensado vivir solo, y no depender de nadie.
De pronto, empecé a sentir calor, un calor que no había sentido hace mucho tiempo. El frío se iba alejando poco a poco, la niebla se dispersaba, y poco a poco, abrí mis ojos. Era el amanecer de un nuevo día.
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